La dependencia tecnológica y la autonomía de decisión empresarial
La transformación digital ha ampliado las capacidades de las empresas pero también sus dependencias. La cuestión ya no es sólo disponer de tecnología eficiente y segura, sino preservar su capacidad de decisión cuando las circunstancias cambian.
La sobiranía tecnológica ha adquirido una creciente presencia en el debate empresarial e institucional. A menudo, se asocia con la propiedad de las infraestructuras, el origen de los proveedores o la localización de las datos. Pero la cuestión de fondo es más amplia: ¿hasta qué punto una organización conserva la capacidad de decidir sobre los recursos de los que depende?
Ésta fue una de las reflexiones que encontré más relevantes en la jornada Beyond Cybersecurity, especialmente en la intervención de Demetri Rico, director gerente del Centre de Telecomunicacions i Tecnologies de la Informació de la Generalitat de Catalunya (CTTI).
Su planteamiento situaba la resiliencia, la autonomía y la innovación en una misma ecuación. No se trataba de defender indiscriminadamente las propias infraestructuras, sino de valorar qué decisiones permiten mantener el control sobre servicios esenciales sin renunciar a las oportunidades de la transformación tecnológica.
Es una reflexión que trasciende el ámbito de la Administración pública y que interpela directamente a la dirección de las empresas.
La eficiencia también genera dependencias
Durante años, muchas decisiones de transformación digital se han justificado principalmente por la mejora de la eficiencia, la reducción de costes, la escalabilidad o el acceso a capacidades tecnológicas que difícilmente podrían desarrollarse internamente.
Estas razones siguen siendo válidas.
Pero incorporar una tecnología puede significar también asumir una dependencia. Y esa dependencia no siempre se limita a la disponibilidad del servicio contratado.
Puede afectar al acceso a la información, a la capacidad de modificar procesos, a la posibilidad de sustituir a un proveedor o al tiempo necesario para recuperar la actividad ante una interrupción.
La decisión tecnológica tiene, por tanto, una dimensión empresarial que no queda completamente reflejada en el coste de implantación ni en los beneficios operativos previstos.
Una solución puede ser eficiente en condiciones normales y, a su vez, limitar las alternativas de la empresa cuando estas condiciones dejan de darse.
Esto no convierte la externalización en una mala decisión. Pero obliga a distinguir entre aprovechar las capacidades de un tercero y trasladarle, de hecho, una parte de su propia capacidad de decisión.
La soberanía no exige tenerlo todo en propiedad
Uno de los aspectos más interesantes de la intervención de Demetri Rico fue precisamente la necesidad de equilibrar resiliencia e innovación.
Las distintas tecnologías evolucionan a velocidades distintas. Lo que puede justificar una inversión en infraestructura propia en un ámbito no tiene necesariamente sentido en otro, especialmente cuando la innovación es constante y las capacidades externas ofrecen ventajas difíciles de reproducir.
La cuestión no es elegir entre dependencia o independencia absolutas.
Es determinar qué capacidades conviene preservar, cuáles pueden compartirse y qué dependencias resultan asumibles en función de la importancia de los procesos afectados.
Carles Flamerich, en su intervención de clausura, también vinculó la soberanía tecnológica con la libertad de escoger tecnologías y alianzas, y con la posibilidad de seguir tomando decisiones cuando el entorno se complica.
Trasladada a la empresa, esta idea introduce un criterio que va más allá de la propiedad de los sistemas.
La autonomía empresarial no depende únicamente de los recursos que se poseen, sino de las alternativas reales de que se dispone cuando una dependencia se vuelve crítica.
Una empresa puede operar con infraestructuras externas y conservar un considerable margen de decisión. Otra puede disponer de sistemas propios y sin embargo estar condicionada por tecnologías, conocimientos o proveedores que no puede sustituir con facilidad.
La diferencia no es necesariamente la titularidad de los activos, sino la capacidad efectiva de gobernar las dependencias.
Cuando la continuidad condiciona la competitividad
La resiliencia a menudo se presenta como una capacidad de respuesta frente a incidentes. Pero tiene también una dimensión estratégica.
La dependencia tecnológica también debe interpretarse en un entorno en el que la inteligencia artificial está modificando las capacidades de los ciberdelincuentes. En la jornada Beyond Cybersecurity, Roberto Espina, director global de ciberseguridad d'IndraMind, advirtió que la IA facilita la multiplicación de los ataques contra pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales son proveedoras de grandes corporaciones. Esto amplía la dimensión del riesgo: una empresa puede ver comprometida su actividad por un ataque directo, pero también por las consecuencias de un incidente que afecte a una organización de la que depende. La seguridad y la continuidad empresarial ya no pueden valorarse únicamente dentro de los límites de la propia organización.
Una empresa que no puede recuperar determinados procesos en un plazo compatible con sus obligaciones comerciales puede verse comprometida su continuidad, aunque la causa inicial de la interrupción sea externa.
Las consecuencias pueden afectar a la producción, entregas, flujos de caja o las relaciones con clientes y proveedores.
Por eso, la continuidad empresarial no puede desvincularse de las decisiones sobre arquitectura tecnológica, dependencia de terceros y concentración de funciones esenciales.
Esta cuestión adquiere particular relevancia en las pymes y las empresas medianas. Su capacidad para acceder a tecnologías avanzadas depende a menudo de proveedores especializados, pero las consecuencias de una interrupción pueden recaer directamente sobre una estructura financiera y operativa con menor margen para absorberlas.
La competitividad no se mide sólo por la capacidad de incorporar innovación. También está condicionada por la posibilidad de mantener la actividad cuando falla alguno de los elementos de los que depende.
Una decisión que mejora la eficiencia puede modificar simultáneamente el perfil de riesgo de la empresa. Y ambas consecuencias forman parte de la propia decisión empresarial.
La governanza de las dependencias
Las decisiones tecnológicas suelen involucrar a responsables de sistemas, operaciones, finanzas y dirección general. Cada uno observa una parte distinta del problema.
La cuestión de gobernanza aparece cuando estas perspectivas no se integran en una valoración común de las consecuencias empresariales.
Un proveedor puede ofrecer garantías técnicas elevadas sin que esto elimine todas las dependencias. Un servicio puede cumplir con los niveles de disponibilidad contratados y, sin embargo, no resolver completamente las necesidades de continuidad de un proceso esencial.
La dirección no debe sustituir el criterio técnico, pero sí debe poder interpretar las implicaciones empresariales de las decisiones que se adoptan.
Esto exige reconocer que la dependencia tecnológica no es únicamente una característica de la organización de los sistemas, sino una exposición que puede condicionar su capacidad de respuesta y decisión.
En este sentido, la gobernanza no consiste en eliminar todas las dependencias, una pretensión difícilmente compatible con la actual actividad empresarial.
Consiste en asumirlas con conocimiento de las consecuencias que pueden comportar.
Preservar la capacidad de decidir
La transformación digital ha permitido a muchas empresas acceder a capacidades que antes quedaban fuera de su alcance. Renunciar a estas ventajas en aras de una autosuficiencia absoluta sería una simplificación del problema.
Pero también lo sería considerar que las decisiones tecnológicas pueden valorarse exclusivamente por su eficiencia inmediata.
Entre la innovación y la resiliencia no existe necesariamente una contradicción. Hay decisiones que requieren comprender que margen de autonomía se conserva y qué consecuencias se asumen.
La reflexión que deja Beyond Cybersecurity es especialmente pertinente para los órganos de dirección: su capacidad de decidir no es independiente de las dependencias que una empresa ha construido.
Y esto plantea una pregunta que va más allá de la tecnología:
Cuando una empresa decide cómo quiere operar, ¿también está decidiendo hasta qué punto podrá seguir haciéndolo si alguno de los recursos de los que depende deja de estar disponible?